miércoles, 24 de mayo de 2017

ENTREVISTA A JULIO MONTEVERDE (II)



Julio Monteverde, poeta



Siempre he tenido la impresión de que algunas piedras nos miran al pasar.


Estoy solo y no hay nadie en el espejo, anunció Borges. Acaso porque el espejo despista, concentra la atención en lo conocido, nos devuelve lo que la memoria recuerda desde la niebla de su mirada. Pero el espejo es un tránsito al otro lado, al matiz, a lo que subyace y no es aparente. El espejo nos habla de un otro no siempre visible, pero que está. Basta atravesar ‘El pasillo de espejos’ (Ártese quien pueda ediciones) convocado por Julio Monteverde para darse cuenta de ello.
Lanuda.


Hay unos versos de la mejicana Rosario Castellanos que dicen: “escribo porque, de adolescente, me incliné ante un espejo y no había nadie”. ¿Se reconoce Julio Monteverde en ese juego especular cuando atraviesa este pasillo?
Sí, definitivamente. Este libro nace de una experiencia real muy concreta. Un día atravesé un pasillo que estaba completamente cubierto de espejos. Y estaba tan maravillado que solo al salir me di cuenta de que no recordaba haber visto mi imagen reflejada. ¿Qué tipo de espejos eran esos? ¿Qué era lo que habían reflejado? ¿Y qué había visto yo? Estas preguntas, que no se despegaron de mí durante los días posteriores, fueron las que me impulsaron a escribir este libro.

El reflejo del espejo, ¿distorsiona, sublima o ajusta?
El peligro que tienen los espejos es que, a veces, no nos dejan ver más que nuestra propia imagen, aquello que ya nos sabemos de memoria y que, con frecuencia, tomamos por nuestra única manera de estar en el mundo. Por eso, en este libro he intentado hablar de aquellos espejos en los que se puede encontrar otra cosa, y en los que uno puede mirarse cuanto quiera y reconocerse sin tener que ser molestado por su imagen.

¿Cuál sería la sílaba que quedaría de tu nombre después de que un martillo lo golpease?
Una afilada y cortante, que solo se pudiera gritar, supongo…

A un martillo que golpea, ¿lo conduce el corazón, la rabia, la esperanza?

El martillo que golpea es un punto intermedio entre la desesperación y la utopía. Es una señal de partida. Y después de él nada puede volver a ocurrir del mismo modo.




“En la mañana, la oscuridad deja sus párpados abiertos para la llegada de pájaros”. ¿Qué le sucede al hombre que no mira el mundo desde el misterio?
Para mí el misterio es una corriente que nos empuja una y otra vez al borde del abismo que se abre en el centro de nuestra vida. Por eso hay que aceptarlo, unirse a él. Pero el misterio no es suficiente.

Aunque el sueño “sea ese sobre lacrado que tememos abrir”, ¿de qué modo se vive en él, en el sueño? ¿Es tan real lo vivido en el sueño como en la vigilia?
El sueño es realidad. Sólo recurriendo a la violencia se puede defender que el sueño no forma parte de lo real. Posee su ámbito, su dominio propio, pero su existencia es claramente más determinante que gran parte de las grotescas acciones que todos nos vemos obligados a llevar a cabo todos y cada uno de los días de nuestra vida.

Que “la noche exista a todas horas”, ¿qué nos recuerda?
Que, en definitiva, todo es uno. Y que debido a ello no sirve de nada huir de ella, porque también está dentro de nosotros.

¿De qué depende que “las tinieblas estén de nuestra parte”?
Hay días en los que uno desearía poder cubrirse con un manto e internarse sin más en las tinieblas. Para mí, eso es lo que se entiende comúnmente como “un buen principio”. A partir de ahí todo puede suceder.

“Bajo la piedra hay un párpado abierto”…. ¿que solo adquiere identidad con el reflejo del hallazgo?
Siempre he tenido la impresión de que algunas piedras nos miran al pasar, y de que, en la mayoría de los casos, lo hacen con un sopor inmenso, porque no les queda otro remedio.

Hay corazones que atraviesan calles; senderos que atraviesan presencias; noches atravesadas por la luz del remordimiento; estremecimiento que atraviesa el pensamiento; relámpagos que  atraviesan las estancias y el sueño de los perros; corrientes marinas que atraviesan el tiempo… El verbo ‘atravesar’ atraviesa este pasillo, sirve de vaso comunicante entre un lado y otro de los espejos…
Escuchándote me doy cuenta del profundo placer que experimento ante la idea de “travesar”. Entiendo que se debe a que implica algo más que un contacto superficial o epidérmico. Lo uno penetra en lo otro, lo traspasa… hay ahí algo muy bello que al parecer me gusta repetir una y otra vez…

“El sentido se mantiene  prendido de los itinerarios. Con su hilo traza la costura de lo visible”. El sentido ¿no es un haz de analogías que provoca, siquiera un instante, el fulgor de lo completo, de lo que sí, de lo que todo?
Sin duda tienes razón, pero el sentido no es solo una cualidad exterior de los fenómenos. El sentido es dar sentido, buscarlo, encontrarlo y cumplirlo.

¿Cuán alto ha de ser el sueño que buscamos?
Tan alto como nos lo exija nuestra necesidad de amar.

¿Hasta cuándo esperar “lo que nunca llega”?
Lo que nunca llega llegará, sólo que ahora sabemos que no lo hará por sí solo. Habrá que empujarlo, obligarlo a llegar hasta nosotros. Con todo, no me cabe la más mínima duda de que algún día nos miraremos con asombro y diremos: “¿Ves?, no era tan imposible, está pasando”.



*Pincha aquí para leer la primera entrevista a Julio Monteverde.




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