domingo, 13 de agosto de 2017

ENTREVISTA A VICTORIA CIRLOT


Victoria Cirlot, catedrática de Filología románica en la Universidad de Pompeu Fabra


El espacio interior es un lugar de conflicto en muchas ocasiones



Cada propuesta de Victoria Cirlot (Barcelona, 1955) es un acontecimiento (íntimo, pero también compartido). En todo el esplendor del concepto. Acaba de coordinar, junto a Blanca Garí, ‘El monasterio interior’ (Fragmenta editorial), un ramillete de reflexiones sobre ese territorio de crecimiento propio, de indagación espiritual, sobre el vínculo entre persona y lugar. Entre persona y zona común. Desde los mandalas, pasando por iconos de la arquitectura casi mística, el símbolo de la cabaña, a los diagramas, el recorrido del texto nos propone distintos altos desde donde contemplar (nos).



¿Hay características comunes para ese “lugar que no es el lugar”?
“El lugar que no es lugar” tiene sus características propias. Pero comencemos por esta paradoja agustiniana: por ‘lugar’ entendemos siempre algo físico, material; pero nos estamos refiriendo a algo que no es ni físico ni material. Y, sin embargo, cuando nos preguntamos por todo eso que está sucediendo, necesitamos colocarlo en un lugar, un dónde. Estoy hablando de la interioridad, de un lugar interior. De ahí el título del libro: monasterio interior, contrastando fuertemente el sustantivo que alude a una arquitectura, y por tanto, física y material, y el adjetivo, que fundamentalmente nos remite a lo que es invisible. Diría que la característica fundamental de ese “lugar que no es lugar” es que está cerrado, cerrado por un círculo, por un cuadrado.

¿Puede compartirse el territorio interior?
Sí se puede compartir: con el terapeuta en nuestros días, con el amado o la amada, con el amigo…

¿Cómo reconocer que el espacio que habitamos es el mejor de los espacios interiores posibles?
Puede ser el mejor o el peor. Depende de nuestra situación. El espacio interior es un lugar de conflicto en muchas ocasiones. No por azar la Psicomaquia de un Prudencio es un testimonio inmejorable de esa apertura a la interioridad que se manifiesta como una lucha entre vicios y virtudes.

Hoy en día, en medio de estas sociedades capitalistas, postmodernas y aceleradas en que vivimos, ¿es posible encontrar  correspondencias exteriores de nuestro mundo interior?
A pesar de todo siguen existiendo en nuestro mundo obras de arte extraordinarias, arquitecturas maravillosas, en las que podemos ver fuera esa construcción que edificamos en nuestro interior.

“La cabaña es el refugio necesario para realizar aquello a lo que uno está llamado”. La cuestión es ¿cómo reconocer esa vocación?
Más que de reconocer, de lo que se trata es de oír. Vocación viene de vocare, llamar. Hay que oír la llamada, para lo cual se requiere el silencio. Por eso, para tomar grandes decisiones es necesario retirarse a los lugares en los que se pueda oír. Estoy repitiendo casi literalmente a Cristina Campo (“Il flauto e il tappeto” (1971), en Gli imperdonabili, Adephi, Milán 1987) a quien por desgracia todavía no podemos leer en castellano.

¿Cómo se llega a ese lugar en el que dentro y afuera son dos momentos de la misma cosa?
Se dan casos. Me viene a la mente ahora el maravilloso y fantástico Palais Idéal del Facteur Cheval: una construcción realizada a principios de siglo por alguien que era un cartero y carecía de toda técnica para construir un edificio. Todavía hoy se puede visitar y resulta conmovedor ver cómo aquel hombre necesitó construir fuera su propio edificio interior.

¿En qué modo “la intimidad es redonda”?
La frase es de Bachelard y fue productivamente retomada por Peter Sloterdijk en Esferas. Es redonda porque en el lugar interior todo recae sobre nosotros mismos, es la capacidad “autoplástica” del ser humano. Y no hay mejor manera de imaginar ese lugar interior que lo redondo, la esfera, la cueva…




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