lunes, 2 de octubre de 2017

LISPECTOR O LA ERRANCIA DE LA PALABRA


Lispector o la errancia de la palabra

Siruela publica su biografía, ‘Por qué este mundo’, 
por Benjamin Moser 


¿Por qué sentimos querencia absoluta por algunos autores? ¿Por qué volvemos a ellos, nos entregamos a ellos, nos alumbramos en sus imágenes, su atmósfera, sus reflexiones, sus historias? ¿Por qué su tono, su manera de mirar se hace nuestra? ¿Por qué ellos y no otros?  Nos traspasan, nos colocan en el ángulo exacto del desconcierto,  nos ensanchan. Pienso en María Negroni, en Chantal Maillard, en Menchu Gutiérrez, en Gabriela Llansol, en Martín Gaite, por ejemplo. Mujeres cuyo confín es la línea en blanco, inagotable, del horizonte. Conmueven. No con-mueven. Son murmullo incesante en nuestro paso.

Pienso en Clarice Lispector. Y entiendo lo que nos explica Benjamin Moser (Houston, Texas, 1975), escritor y crítico literario, autor de ‘Por qué este mundo’ (Siruela, traducido por Cristina Sánchez-Andrade) cuando trata de explicar lo inexplicable de ese vínculo que nos une a unos autores concretos. “Va más allá de la pasión intelectual, tiene que ver con el amor, nos convertimos en amantes. Recuerdo la emoción que sentí al descubrir una cosa tan tonta como el grupo sanguíneo (B positivo) de Clarice”. No tiene que ver con ser mitómano, sino con el estupor incesante que (nos) encienden ciertos textos.
Clarice Lispector es una autora de culto. Una autora compleja. Acaso sus cuentos sean el territorio más diáfano para los lectores. Sus novelas se tejen con un mallazo cargado de fulgor, y se complican en una alucinógena –por momentos- música. Libros como ‘Agua viva’ (sobre los límites del lenguaje), ‘La pasión según G.H.’ (una escultura que resignifica su mundo), ‘La manzana en la oscuridad’ (acerca de la reconstrucción de un yo destruido) resultan un acontecimiento (radical) en el lector.

El modo de ensamblar el lenguaje, de articularlo, de convocarlo es insólito. Sus textos, gusten o no, son inconfundibles, como le sucede a los grandes. “Clarice mira al idioma como una extranjera. El suyo no es un uso ‘normal’ del portugués, es un uso raro, por eso, al traducirla, hay una gran tentación de ‘corregirlo’, de ‘mejorarlo”.
“Me ha interesado mucho –continúa Moser- destacar la parte judía de Clarice, creo que esa búsqueda de lo divino tiene que ver con lo judío, y para los judíos esa búsqueda está en la palabra y en lo que está más allá de la palabra”.

Clarice (Chaya Pinkhasovna Lispector) nació en Ucrania, pero con cinco años se trasladó con sus padres a Recife, huyendo de los pogromos o linchamientos multitudinarios. Ser judío en Ucrania no era cosa fácil. Mantuvo siempre a buen recaudo su edad y el momento en que llegó a Brasil. Bellísima, casada con un diplomático catalán (Maury Gurgel) poco a poco se tejió el mito sobre su figura. Por si fuera poco, murió jovencísima, a los 57 años, de cáncer de ovarios. Curioso: en ‘La hora de la estrella’, un libro en el que ella ya presiente, de alguna manera, su muerte, Macabea, la protagonista tiene los “ovarios secos”.
“¿Mito? Todo el mundo se inventa a sí mismo, aunque se la acusa de eso, de inventarse. Aceptó la mitología. La gente quiere mitos”, explica Moser.
En esta biografía se dan muchas claves de lectura de la obra de Lispector, “tratando de deshacer el tópico de que es una escritora oscura y difícil”; se ahonda en la faceta judía, “el asunto de la errancia la marca, aunque su judaísmo es laico, porque su dios ha fracasado”; y reconstruye su vida en Brasil.

Clarice fue columnista de moda, hablaba de maquillaje y de combinaciones en la vestimenta, algo “muy loco en alguien tan místico como ella”. Así se protegía del mundo. Y tejía su mundo. “Me he preguntado muchas veces: si no hubiera sido tan hermosa, ¿hubiera podido convertirse en la escritora que fue? Mi respuesta en no”.  Y la quiebra de esa belleza (se quedó dormida con un cigarrillo encendido, lo que provocó un incendio que, a su vez, la causó quemaduras de las que no se repuso nunca) marcó también su obra.
¿Fue feliz? “Inmensamente feliz, e inmensamente infeliz, como todos”, concluye Moser.



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