La
casa de los sordos
Perder
a una hija es devastador. No hay un solo idioma que disponga de una palabra que
defina a los padres que han perdido un hijo. Hay viudas y viudos, y huérfanos,
pero no un término que exprese la condición de la paternidad/maternidad
truncada. Quizás porque el dolor desborda en ocasiones la lengua. Cualquiera.
Perder a una hija es sufrir la locura de lo que sucede antinatura.
‘La
casa de los sordos’ (Chamán ediciones), de Lamar Herrin es una novela que
retrata la pérdida y el duelo. La necesidad del ser humano de entender lo
incomprensible, de ponerle palabras, de convivir con el dolor irreparable, es
el corazón de esta novela.
Y
aunque cada pérdida y cada duelo tiene sus códigos, su idiosincrasia, su
particularidades (lo dejó claro uno de los inicios literarios más celebrados,
el de Anna Karenina, de Tolstoi: “todas las familias felices se parecen, pero
las infelices lo son cada una a su manera”), imaginen el caso de una muchacha
norteamericana, Michelle Williamson, que recala en Madrid por cuestión de
estudios y que muere en un atentado de ETA. Imaginen al padre que viaja a
España para entender qué cosa es esta que late detrás del acrónimo, de tres
letras cargado de connotaciones y significados enfrentados. Esta es la historia
que cuenta ‘La casa de los sordos’.
