martes, 14 de abril de 2015

GALEANO O LA VOZ DE LOS INSURGENTES



Galeano 
o la voz de los insurgentes

 
 

Su propio apellido resulta un arrullo de espuma batiente. Un zig-zag al pronunciarse que deviene en parón debilitado. Murió ayer este uruguayo de alma descamisada y trazo en verso denunciante siempre. Murió ayer este poeta que fue voz de los pequeños a pesar de los tiempos y de los reconocimientos. Abrió las venas de América Latina y las llenó de abrazos. Recorrió el territorio levantando acta de los saqueos sufridos, de los excesos consumados, de la violencia sembrada. Todo ello sin perder atención a cada uno de los “ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta”. Todo ello haciendo de lo rudo, lo escandaloso, lo brutal, tejido poético. Quizás cosa del apellido materno, el que se pespuntó al nombre. Eduardo Galeano.


En España escribió su trilogía ‘Memoria del fuego’ (Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento), en la que ahondó más en las causas y desastres del continente al sur. Y concluyó en síntesis, lo que ya sabíamos a nuestro pesar: que la historia de América Latina es la historia del despojo de los recursos naturales. También ‘El libro de los abrazos’ (textitos mágicos, que abrazan, desde luego, y sostiene la mano, y recogen el llanto que asoma de pura belleza ante el modo y manera en que este uruguayo insensato mezcla las palabras -que saben a nieve-); ‘Amares’ (recopilación de golosinerías: “Nos amábamos rodando por el espacio y éramos una bolita de carne sabrosa y salsosa, una sola bolita caliente que resplandecía y echaba jugosos aromas y vapores...”); ‘Patas arriba’ (sobre la descompensación cardíaca y solidaria de este mundo) y tantos otros títulos...


Pero fue mucho más. Fue, por ejemplo, periodista. Con 14 años vendió su primera caricatura política al semanario 'El Sol', del Partido Socialista. Después se convirtió en editor de ‘Marcha’, un semanario en el que confluían otras miradas nada displicentes (Benedetti, Vargas Llosa), de ‘Época’, funda ‘Brecha’... Fue, por ejemplo, militante de la izquierda (la izquierda como tierra en la que la raíz misma une al cosmos y lo trasciende). Fue, por ejemplo, un entusiasta de las causas echadas en abandono, y siempre que pudo colocó en ellas una bomba como quien dinamita el corazón mismo de la muerte. Fue muchas cosas, este Eduardo.


Y sucede, en ocasiones, que se muere alguien, alguien a quien has escuchado, a quien lees por las noches en la intimidad de la ciudad que duerme, y repites sus palabras como jaculatorias mágicas que convocan, y te sientes un tanto como su hermano, o su amigo, incluso su amante si la acaricia prevalece. Y sucede que un día muere y tú te sientes un poco menos tú, un tanto más indefenso, acaso como si a un poema se le usurpase una palabra última del verso. 


Es extraño, que muera alguien a quien no conoces (o sí, de otra manera) y de pronto se te arranquen las ganas de ese día. Y en la noche, así como hay noches en las que se te atraviesa esa mujer única en los párpados, haya un Galeano que evoque sus versos, y sus metáforas. 


Un día muere alguien, se marcha alguien, y el universo entero parece que se estremece.  


‘La pequeña muerte’: “No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndose nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace”. 



martes, 10 de marzo de 2015

ENTREVISTA A PABLO D´ORS



Entrevista al escritor Pablo d’Ors



"La creatividad, en cualquiera de sus manifestaciones, 
es una autoafirmación de la vida."


En el fondo, Pablo d’Ors siempre habla de lo mismo, como todos los grandes escritores. Cada cual tiene su propio asunto. El suyo es el  de la identidad, el de la construcción y búsqueda de lo que uno es, de lo que uno quiere y está abocado a ser. Y ello a partir del exilio. La región del conforto es un lugar al que volver para tomar aliento, pero no hay que olvidar que nada crece allí. ‘Contra la juventud’ (Galaxia Gutemberg) es la historia del tránsito de Eugen Salmann de la juventud a la madurez. De nuevo, una novela iniciática.

Nueve meses en Praga cargados de vivencias y de revelaciones, con eco constante de Kafka y Kundera. ¿Hasta qué punto el contexto es importante?
Todo lo que le sucede al protagonista le sucede porque hace la experiencia de salir de su territorio, en este caso de Berlín, la experiencia del éxtasis, o del éxodo, o del exilio. Cuando empiezas salir de tu círculo de confort es cuando pueden empezar a  pasarte cosas, cuando uno puede entrar en la experiencia del juego de la identidad, indagar e investigar quién eres. Por otro lado es una novela atmosférica. La atmósfera es Praga, al igual que en ‘Lecciones de ilusión’, el manicomio, o en ‘El estupor y la maravilla’, el museo. En ese sentido, Centroeuropa, y Praga en concreto, me sirve como espacio donde hacer más expresivo lo que quiero contar: la perplejidad, que es lo que nos cuenta Kafka. Un señor es sometido a un proceso pero no sabe de qué se le condena; un señor quiere entrar en un castillo y no se le permite; en mi caso un tipo que quiere establecer una filial, pero no puede, que quiere escribir un libro, pero es incapaz, que le proponer traducir su obra literaria sin tener nada escrito...

¿Acaso no toda novela suscita la perplejidad?
Creo que la perplejidad es lo propio del género novelístico. Mostrar cómo la vida no cabe en un cajón y cómo lo que nos sucede no se puede domesticar sino que nos descoloca. En la medida en que este libro pueda descolocar y os hables de nuestra propia perplejidad, cumple su función.

Todos deseamos tener aventuras que nos transformen, pero a la hora de la verdad nos puede el miedo. ¿Por qué?
Hay miedo porque no hay vida. Una vida con temor es una vida que no merece la categoría de vida, porque no hacemos la experiencia de vivir, estamos protegiéndonos de la vida, sin capacidad de riesgo, de apuesta. Todos mis libros quieren ser un salto mortal, me expongo porque sólo así se puede generar algo interesante. Son dos las posibilidades básicas de la existencia, el temor y el amor, vivir protegidos o hacer la experiencia de la entrega y de la recepción.

¿Cómo sabe uno que el salto al vacío es el correcto?
Ah, nunca lo sabe, si no, no sería un riesgo, ni una apuesta, puedes saltar al vacío y estrellarte o saltar y volar. Lo más frecuente es que te estrelles, pero si persistes, alguna vez volarás, éste es el asunto. La gente no salta al vacío porque tiene la experiencia del fracaso, siente miedo, pero si persistes es que has alimentado la confianza; tanto la meditación como la escritura, el silencio y la palabra, mis dos oficios, suponen ese acto de confianza de saltar al vacío. La experiencia del escritor es la de quien soporta más su propia estupidez. Cuando escribes te das cuenta de que lo que te encuentres es una tontería, de que no tiene ningún interés, te devuelve la imagen de ser un tonto, pero si tú persistes te encuentras de repente una palabra, una frase que conecta con algo genuino e importante. Se soportan muchas sombras para llegar a la luz. Este libro habla de eso, de las estupideces que tiene que soportar un joven para alcanzar la madurez. Podía haberse titulado ‘El juego del ser’. Nuestra naturaleza es errática, en el error aprendemos, por eso ‘Contra la juventud’, porque en la juventud nos destruimos y destruimos al otro tantas veces... hacemos daño... es un drama... y a la vez hacemos un gran drama de cosas minúsculas...

¿Pero cómo es posible sobrevivir habiendo hecho daño a quien se ama?
A él le hacen daño y él hace daño, no es una cuestión de voluntad, él no quiere hacer daño... en esta vida, en general, en cualquier ámbito, todos somos víctimas y verdugos, en toda relación afectiva también, en menor o mayor medida. Porque la vida es aprender a ser lo que uno quiere ser, lo que uno tiene que ser.

El sacerdocio y la escritura ¿sería tu díptico vocacional, una actividad te protege de la otra?
Mi díptico vocacional es el silencio y la palabra, el sacerdocio y la novelística. Soy un hombre de la palabra y del silencio; creo además, que sólo las palabras que van precedidas por silencio pueden comunicar y provocar el silencio en el otro. Lo difícil no es escribir, sino tener una vida interior; sólo si tienes silencio tu palabra está preñada. El problema de la subliteratura no es la palabra sino la ausencia de vida interior y, por tanto, aunque las palabras puedan ser impecables en cuanto a técnica no transmiten nada porque no hay nada detrás de ellas. No hay mejor regalo para un escritor que el lector que cierra tu libro y comienza a forjar su propia creatividad, su propio sueño, su propia ensoñación. La creatividad, en cualquiera de sus manifestaciones es una autoafirmación de la vida.

¿Por qué si todo lo importante está cerca de nosotros nos cuesta tanto advertirlo?
No lo sé... la vida es un camino y hay que recorrerlo. Cuando somos jóvenes pensamos que tenemos que llegar a una meta, y cuando somos adultos aprendemos que el camino es la meta. En la escritura esto está muy claro, si tú escribes pensando en el libro que quieres escribir, en la meta, te imposibilitas, tu propia ambición o aspiración imposibilita el acto mismo de la escritura, mientras que si tú te olvidas de la meta y están completamente en el presente de la escritura el fruto se producirá tarde o temprano; donde uno se juega todo es en el propio proceso de la creación (o de la vida). El tiempo o la historia es justamente el despliegue de este proceso, de cómo hay que encontrarse con el otro para descubrir quién es uno, salir fuera para poder descubrir lo que uno tiene dentro. El otro, lo de fuera, es siempre un espejo de lo que uno tiene dentro y de lo que tenemos que aprender: que el otro no es otro, eres tú. Esa es la experiencia de la vida.

Hay un momento dado en el que el protagonista no puede dejar de mentir, ¡incluso afirma haber conocido a Hans Küng! ¿Mentimos más al otro o a nosotros mismos?
La novela es un canto a la impostura, a cómo aprendemos ensayando, y ese desdoblamiento es el que produce el efecto cómico. Igual que  llegamos al acierto a partir del error, también llegamos a la verdad a través de las mentiras, o de los caminos equivocados; quien miente al otro lo hace porque en el fondo no sabe todavía quién es, o no lo sabe del todo, y ensaya ante el otro y ante sí mismo.

Y, como en tus novelas anteriores, la mística y la erótica...
Es una novela no sólo sobre la erótica o la mística, sino también sobre la poética, sobre el acto de escribir, de comunicar, de crear. La erótica y la mística tienen una pasión común, la unidad, la de los cuerpos y la de los espíritus; erotimo y misticismo es el binomio por excelencia del ser humano. Creo que toda novela es un canto a la fractura y a la nostalgia de la unidad. Todo experimentamos estar divididos (de nosotros, de los otros) y todos aspiramos a estar unidos, al equilibro, a la armonía, a la convivencia pacífica...

Y sin embargo insistimos en que las cosas son eróticas o místicas, blancas, negras, tratamos de vernos como buenos o malos, sin aceptar nuestra multiplicidad, sin aceptar que somos tan benditos como malditos, tan sagrados como profanos...
Me encanta la pregunta porque, en mi opinión, ese es el dilema fundamental de la existencia humana, que entendemos la unidad a la que aspiramos como uniformidad, como negación de la diferencia, no entendemos que una persona sea erótica y mística a la vez, somos unívocos porque estamos pervertidos, porque nuestra experiencia no responde a eso, somos personas con ideales y con instintos, queremos simplificar la realidad pero la realidad es plural. El arte de llegar a la unidad no es negar la diferencia sino aceptar la convivencia de contrarios, el camino hacia la unidad atraviesa la pluralidad y la aceptación de la diferencia.

El humor nos recuerda que no hay una explicación unívoca de las cosas, el humor nos recuerda que lo que pensamos puede ser pensado de otra manera...
El sentido del humor nace en la literatura con la novela. Sí, el sentido del humor es un reírse de la visión única. El sujeto moderno es quien se da cuenta de que las cosas no son lo que parecen, de que no todo está establecido; la novela nunca es unívoca, nace con la Modernidad y con el sentido del humor. Las grandes novelas, como ‘En busca del tiempo perdido’, ‘El hombre sin atributos’ o ‘La montaña mágica’ por citar algunas, están llenas de humor, de capacidad de reírse de uno mismo. ¿Recuerdas ‘El amor de Swan’? El protagonista, después de dedicar cuatrocientas páginas a comprobar si Odette le quiere o no, se da cuenta al final de que Odette no es su tipo.

¿Cuántos Pablo d’Ors conviven dentro de ti?
No sé cuántos, pero sé que conviven con mucha armonía en este momento, siento que voy encaminándome hacia esa aspiración de la convivencia plural que posibilita la unidad, no vivo la contradicción de manera sangrante o dolorosa sino que me siento muy unificado, sin que suene pretencioso. Por ejemplo, no veo contradicción entre este libro y ‘El olvido de sí’.

Creo que no la hay, hablan de lo mismo, de otra manera...
Sí, son épicas del individuo, en este caso de un hombre adolescente, muy perdido, en búsqueda, donde el ‘yo’ preside; en ‘El olvido del sí’ ya habla un tipo adulto, maduro, y preside el ‘tú’. Pero ‘Contra la juventud’ podría haber sido perfectamente la historia de Foucault joven. Pero nos cuesta pensar que de un ser como Salmann pueda salir un Foucault por nuestra estupidez; todos somos estúpidos, nos parece que la vida solo puede ser de una manera, pero en el mismo individuo se puede producir lo más miserable y lo más sublime, eso es lo hermoso del ser humano. Creo yo.

Es tan necesario como difícil convivir con el misterio...
El misterio nos recuerda que no somos los señores de la vida ni de nosotros mismos, que somos aprendices, que no controlamos ni dominamos, el misterio es una invitación a no controlar, a dejarse sorprender, a no matar al niño que tenemos dentro, a mantenerlo vivo viviendo desde la sorpresa, a dejarse llevar en cierto modo, esta es la verdadera literatura que me interesa, la que se abre a la vida.


Esther Peñas


lunes, 16 de febrero de 2015

Entrevista a Nuria Capdevila-Argüelles




Nuria Capdevila-Argüelles

Catedrática asociada de estudios Hispánicos 
y Estudios de Género en la Universidad de Exer






 
“Las mujeres son los grandes fantasmas de los procesos de modernidad”









Elena Fortún (Madrid, 1886-1952) alumbró uno de esos personajes que nos enseñaron a mirar el mundo desde otro ángulo, el estupor, un ángulo que desvela una hendidura, una fractura, algo que no acaba de coincidir, como si nunca nos tuviéramos a nosotros mismos. Matilde Ras (Tarragona, 1881-1969)  dejó su impronta en numerosos artículos de prensa, ensayos, introdujo en España la grafología como método de conocimiento del otro y vivió labrando su legítima rareza, como después sintetizó Sartre. 

Ambas compartieron un ideario, un sentir, un contexto, y un amor. María Jesús Fraga, colaboradora del Departamento de Literatura Española de la UCM, y Nuria Capdevila-Argüelles, catedrática asociada de estudios Hispánicos y Estudios de Género en la Universidad de Exer, se adentran en la relación entre ambas en un espléndido texto, ‘El camino es nuestro’ (Colección Obra Fundamental de la Fundación Banco Santander). Capdevila-Argüelles detalla algunas cuestiones al respecto.

¿Qué es lo que más le fascina de la personalidad tanto de Elena como de Matilde?

De Elena Fortún me fascina su autodidactismo. Pasó de ser una mujer que sabía leer y escribir pero no tenía una educación esmerada  -ni siquiera la “educación de cascarilla” burguesa que mencionaba Emilia Pardo Bazán criticándola por ser una educación a medias que empequeñecía a la mujer- a ser escritora, periodista, experta en biblioteconomía, conferenciante… en definitiva, a tener un papel cultural muy activo y una sed de aprender ciertamente mucho mayor que la de la mayoría de sus compañeros de generación. Tocó muchos registros culturales.
De Matilde Ras destacaría su valentía e independencia. Era una mujer muy erudita que, a diferencia de Elena Fortún, recibió una esmerada educación. Eso la separó de sus contemporáneos y contemporáneas. Se atrevió a vivir sola y a disfrutar de la amistad de aquellos espíritus que le eran afines. Su constancia en la escritura y el estudio son ejemplares.

Leyendo los textos de Matilde Ras, uno se da cuenta de que, además de la calidad, sobresale la interesante mirada sobre los temas que aborda. ¿Por qué, a diferencia de Elena,  apenas publicó? 

En estos tiempos en los que la promoción de los autores es tan importante, inspira acercarse a una mujer que logró vivir de la pluma a pesar de no disfrutar del renombre que tuvo Elena Fortún. Recordemos que muchos grandes nombres de la literatura no conocen el éxito en vida. Kafka es un gran ejemplo. Dicho esto, es preciso recordar que la autoría de Matilde Ras y Elena Fortún coinciden en un punto: sus inicios en la prensa. De hecho, la escritura de nuestras modernas suele empezar en este medio y no alcanza el libro en todos los casos. Sin embargo, creo que recuperar nuestra tradición de ensayo y pensamiento feminista es fundamental para entender de dónde venimos intelectualmente y las particularidades de la historia de nuestro feminismo y de la mujer española. Y la tradición ensayística del feminismo español tiene un medio de expresión clave en la prensa de vanguardia, que dio voz a nuestras autoras, Matilde entre ellas.

De un tiempo a esta parte hay un interés por conocer la labor de estas mujeres (ese grupo de mujeres que coincidieron en tiempo y en espacio, a muchas de las cuales usted menciona en su estudio introductorio) pero parece que cuesta hacerlo, ¿por qué hay tan poca investigación y tan escasa repercusión de este grupo de mujeres comprometidas? 

No diría que hay poca investigación ya que hay un número considerable de hispanistas que se dedican a estudiar nuestro feminismo y la contribución de las mujeres intelectuales y artistas a la historia cultural de España. Si que diría que el olvido al que les condenó el franquismo es mucho más duro que el sufrido por los intelectuales varones. Las mujeres son los grandes fantasmas de los procesos de modernidad, y ellas se convierten en las grandes víctimas del olvido. Y es que la ciudadanía secundaria de la mujer en el “país de la autoría” es un hecho cultural poderoso. Forma parte de la historia de la discriminación de la mujer y está presente en nuestros días porque el patriarcado no ha muerto: hay menos autoras en nuestros planes de estudio, menos autoras en el canon contenido en nuestras librerías y bibliotecas pero cada vez más nombres de mujer emergiendo en la recuperación de nuestra memoria histórica y cultural que, como ya he apuntado, no se completará hasta que no incorporemos un saber profundo sobre nuestras modernas, las madres del pensamiento feminista español o, como las he llamado en otro de mis libros, nuestras autoras inciertas. El trabajo de estudiosas como María Jesús Fraga, mi compañera en esta antología, María Rosón, Raquel Osborne, Alda Blanco, Antonina Rodrigo y las italianas Margarita Bernard e Ivana Rota, entre otras, está dando importantísimos frutos.

Llama la atención, por un lado, la concentración de mujeres con una “sexualidad no normativa”, como apunta usted, y, por otro, el respeto con el que las acogían el resto de compañeras no homosexuales...

Tendríamos que precisar. La homosexualidad y la bisexualidad tenían sus códigos y canales de expresión en una época marcada por la represión del erotismo femenino por un lado y, por otro, por la patologización de la mujer moderna e intelectual y de la persona homosexual, considerada entonces “invertida”. El mismo contexto sociocultural que influye las manifestaciones de homosexualidad, bisexualidad y modernidad genera discursos homófobos y antimodernos. En ‘Recuerdos de una mujer de la generación del 98’, Carmen Baroja menciona el complejo de masculinidad de Victorina Durán, amiga de Elena y Matilde, y hace patente el sentimiento de casi repugnancia que le inspira la cercanía de mujeres modernas masculinizadas. Sexo y género estaban estrechamente unidos. Las que representaban su género de forma no femenina automáticamente generaban incomodidad, como la que sentía Carmen Baroja, o atracción, como la de muchas otras compañeras de generación que también se cuestionaban el papel del matrimonio y el marido en sus vidas. Representaban una mujer nueva con una sexualidad diferente. Hubo una acusación de lesbianismo vertida contra algunas mujeres del Lyceum Club. Elena Fortún fue una de ellas. Pero es que ella pasa su vida aprendiendo y ese aprendizaje engloba también su sexualidad. La heterosexualidad y el matrimonio regulaban el papel social de las mujeres. Con los años, Fortún desarrolla una auténtica fobia hacia el hombre como compañero sexual. Esa, diríamos hoy, es su forma de salir del armario. Es una faceta de su yo en la que ahondaremos en próximas publicaciones. Matilde, por el contrario, y habida cuenta de su cosmopolitismo, debió tener mucho más claro quién era. De ahí en parte su tendencia al aislamiento.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Marga Gil o el disparo de amor clausurado




Érase una artista. Escultura, principalmente, aunque también dibujante. Se llamaba Marga Gil Roësset (Madrid, 1908-1932). Su primer cuento, dedicado a su madre, lo firmó y lo ilustró con siete años. Sus trazos nos remiten a un mundo interior enraizado y complejo como un manglar.  Húmedo como un manglar. Hermoso y sublime (sublime al modo que nos explicó Burke, ese estado oscuro, incierto y confuso), categorías que se excluyen y se despedazan y se devoran. 




Como tantas otras (citamos, por ejemplo, a Margarita de Pedroso), Marga se enamoró de un poeta. Juan Ramón Jiménez. Él la admiraba, la quería, la trataba, pero no pudo corresponder a su amor. Zenobia Camprubí ya impregnaba su manera de estar. De ser. Marga se enamoró del hombre, del símbolo, del poeta, del aroma de absoluto al que uno no puede renunciar por más que sepa que acaso no exista. 


Marga tuvo una vida intensa, profunda. “La experiencia vital de Marga  es la de una niña prodigio con una vida interior tremenda, de un dramatismo e intensidad difíciles de explicar... En menos de diez años experimenta un tremenda evolución, cambia de géneros y estilos, es tremendamente prolífica...”, nos explica Marga Clark, su sobrina.


“A los 15 años da el salto de la tinta china y la acuarela a la escultura, con una  técnica de vaciado en bronce y escayola; después, al tallado de madera, con gran maestría, por cierto, para esculpir más tarde en granito y piedra. Así hizo el busto de Zenobia”, prosigue.


Acaso intuyendo la brevedad de su existencia, su creación fue febril. Pese a que destruyó buena parte de su obra escultórica, la exposición que albergó el Círculo de Bellas Artes (comisariada por Ana Serrano) reunió en 2000 dieciséis esculturas y numerosa obra gráfica y fotográfica, aparte de otros documentos interesantes como canciones para niños. “Su legado es lo suficientemente importante como para recuperarlo y reivinidicarlo una y otra vez”, concluye Clark.


Marga era excesiva. Y todos hablan de su intensidad. Un exceso intenso del que, tal vez, ella fuera su principal víctima (se teme a la propia intensidad porque, al abandonarse a ella, uno corre el riesgo de estallar en mil teselas que nunca más recuperen significado alguno, a oscuras, en lo oscuro, y permanezca es una tristeza espesa de quien perdió el paraiso). 


A los 23 años, Marga conoce a Juan Ramón. Se enamoró de él. Y se suició, en plena efervescencia creativa, vital. Decidió quitarse la vida porque no le merecía la pena vivirla arrastrando un imposible. No sé qué dirían los psiquiatras, los psicólogos, los diletantes del alma humana (acaso pondrían en entredicho, como los ilusionistas que asaetan con sables a esa mujer semi oculta en un cajón, que alguien pueda, en sus cabales, suicidarse por amor). Los ejemplos de poetas (Marga, quizás escultura de oficio, pero poeta de naturaleza, al igual que Juan Ramón) que atentan contre sí cuántas veces, que se hacen daño y se destruyen y se ejecutan  son cuantiosos y abrumadores (en forma y fondo).


Acaso sólo es posible entender esa autodestrucción última, valiente, irreparable, desde la intensidad del deseo. Marga no profesaba ‘solo’ un amor sublime (y esta vez el concepto se refiere a la belleza extrema), un amor místico hacia Jaun Ramón. Un amor cómodo que permite imaginar y deformar al amado a nuestro antojo. Acaso en Marga mordía (dentelladas secas, calientes) los colmillos del deseo. Un deseo que, más allá de la unión carnal de dos personas que se aman, convoca la justificacción última de vida, lo único que hace soportable la idea de la muerte. “Si tú me dieras espontáneamente un beso...” escribe en su diario. 


Más. En la carta de Marga a Zenobia, le pide perdón por “lo que hubiera hecho si él hubiera querido”. El amor de Marga no es platónico, uno puede convivir, como con el misterio, con un amor no correspondido, pero es difícil hacerlo cuando el deseo preside ese amor, un deseo de que dos almas se besen y se enciendan en una sola piel. Marga acaso sintió que todo estaba hecho al conocer a Juan Ramón. Y es insoportable el devenir con esa certeza arraigada “...y no me ves... ni sabes que voy... pero voy... mi mano... en mi otra mano... y tan contenta... porque voy a tu lado...”

Marga escribió un diario en el que recogía su dolor. Un día (¿llovía, hacía nieve, sol de infancia?) se acercó a la casa de Juan Ramón y Zenobia. Le entregó su diario. “No lo leas ahora...” Después, se disparó en la sien. 


Ese texto, tan íntimo, tan sobrecogedor, tan personal y bello, lo publica ahora la Fundación Juan Manuel Lara con el sobrio título de su nombre: ‘Marga’. Fascinante el testimonio de Carmen Hernández-Pinzón, representante de los herederos del poeta, y de la semblanza de la artista a cargo de su sobrina, Marga Clark.

Juan Ramón y Zenobia, en cierto modo, vivieron en la sombra de esa muerte, que trataron de reparar con poemas, y menciones, y textos publicados. 


Y todo ello en tan solo ocho meses (como si no bastara un solo instante, una mirada única, una sensación de ausencia para tropezar en los desfiladeros del alma). Ocho meses intensos de amor que sació el pulso de Marga, sus ganas de, su voracidad por. Ya no quedaban violines. Acaso ni palabras.



Esther Peñas

jueves, 29 de enero de 2015

“No estamos educados para leer poesía”



Hay que ser un poco insensato, un poco descabellado, acaso alocado o poeta para fundar una revista de creación literaria cimentada en versos. Que cinco seres (¿alados?) coincidan en el tiempo en este desconcertante propósito es casi cosa de alquimia. Y surgió el prodigio: ‘La Galla ciencia’. Joaquín Baños, Noelia Illán, Samuel Jara, Manuel Pujante y Daniel J. Rodríguez (la última incorporación) conforman las huestes del equipo de coordinación. Ultiman la tercera entrega (con sorpresa incluida, como acostumbran). Cortázar y Gabriela Llansol tienen la culpa.

‘La Galla Ciencia’ remite a la casi homónima ‘Gaya ciencia’ de Nietzsche, y recoge de ella ese espíritu luminoso. ¿Es una insensatez levantar un proyecto como éste?

Desde el principio nos presentamos al público como unos locos y éramos conscientes de dónde nos estábamos metiendo. El proyecto es claramente insensato desde el punto de vista comercial, pero también creemos en él y, desde el primer momento, veíamos necesaria la existencia de una revista de estas características. Si alguien quiere ganar dinero lo último que hace es montar una revista que edite sola y exclusivamente poesía, pero nos gusta la poesía y es lo que nos hace seguir con este proyecto que puede ser insensato, pero en el que creemos y trabajamos muy seriamente. “La Galla Ciencia” también es, en cierto modo, un homenaje a la ya mítica editorial La Gaya Ciencia.

Hay una apuesta clara y contundente por la ilustración. ¿Por qué?  ¿Completa al texto, lo acompaña, lo enriquece?

Una de las primeras cosas que comentamos fue cómo íbamos a introducir las ilustraciones, y llegamos a la conclusión de que el ilustrador tenía que ser un autor más, y que la manera de unir las ilustraciones en cada número era que cada número estuviera ilustrado por el mismo autor. También nos pareció muy buena idea mantener en la portada siempre a la galla, interpretada libremente por el ilustrador de cada número, lo cual ayuda también a la unidad de la revista.

¿Qué parámetros contempláis a la hora de publicar a los autores?

El principal parámetro es la calidad. En nuestras páginas hemos editado autores de todo tipo y para todos los gustos. Cada uno tenemos nuestros propios gustos poéticos, pero independientemente de ellos, si un autor es bueno tendrá cabida en la revista. Por otro lado están las líneas que intentamos seguir en cada número para darle unidad y que no sea una simple miscelánea de textos. El primer número era casi de presentación, con una “Panorámica” abundante; en el segundo nos centramos en esa idea de “Minoría virgiliana”. En el tercero será la literatura hispanoamericana la protagonista. Y ya en el cuarto daremos un giro, pero no queremos adelantar nada…

En cuanto al diseño de la revista, elegante a la par de limpio, ¿se parece al que ideasteis en un principio?

La verdad es que, a grandes rasgos, es tal como la ideamos al principio. Queríamos tener el blanco y negro como protagonistas, tanto en la web como en la revista en papel, y aquí la Ibarra fue una de las primeras tipografías que manejamos. Luego ha habido detalles, como el diseño para poner el nombre del autor o la numeración de las páginas, que se fueron cambiando sobre la marcha.

¿Qué aporta la poesía a nuestra sociedad (digital, descreída)?

La poesía es un arte más, quizá aquel con el público más reducido de todos. Así que aporta lo mismo que podemos encontrar en una película, una canción o una obra de teatro. En esta sociedad la poesía sigue teniendo cabida en todos los formatos: además del tradicional libro en papel, tenemos poesía en e-books, en vídeos y en cada blog de los jóvenes poetas. La poesía puede aportar cualquier sentimiento y sensación a la sociedad. El problema que puede haber en la sociedad es que no estamos educados para leer poesía y nos resulta un lenguaje mucho más duro y difícil de digerir que el de una película o una canción, lo cual es una pena. El papel y el formato digital son complementarios.




Las decisiones que afectan a la revista, ¿son democráticas o existe, dentro de la teatralogía (ahora pentalogía) de la coordinación, algún criterio imperante?

Las decisiones son democráticas. Los criterios imperantes son los que establecemos por unanimidad. Aunque hay cuestiones menores que pueden salir adelante con una mayoría simple, pero para decisiones importantes somos los cuatro los que opinamos. Bueno, y ahora los cinco…

¿Qué cosas jamás publicaría ‘La Galla Ciencia’?

Tenemos claro que no vamos a publicar narrativa ni otra cosa que no sea poesía dentro de la revista en papel (aunque en la web sí que incluimos ensayo y otros géneros). Aparte de eso, no sabríamos decirte algo que no vayamos a publicar. Estamos abiertos a todas las opciones. Tampoco publicaremos nuestros textos; no toca.

Hace un par de meses salió vuestro segundo número. ¿Qué cosas –de haberlas- os gustaría ir puliendo o corrigiendo?

Estamos bastante contentos con este segundo número y se nota el salto que hemos dado con respecto al primero. Más que pulir cosas, nos planteamos cambiar  e innovar en los detalles para no quedarnos obsoletos. 

Este segundo número incluye un poemario de Roger Wolfe. ¿Cómo surgió este propósito y por qué no lo editasteis de manera autónoma?

Fue idea del propio Roger. Cuando lo invitamos a Murcia para el recital-espectáculo, en febrero de 2014, en uno de los muchos cafés que tomamos con él nos dijo que le gustaría publicar su último libro de poesía con nosotros. El editarlo unido a la revista es también una forma de recordar la manera en que los poemarios se publicaban en las antiguas revistas. Algo que surgió en un café una tarde de charla, ha terminado siendo (en palabras del propio Wolfe) el poemario más bonito que le han editado. Y estamos muy satisfechos.


Esther Peñas



*Publicado en Solidaridad Digital el 27 de Enero de 2015.